Los avisadores del fuego y los testimoniantes

Mirta Goldstein (APA)

Se denominan Avisadores del fuego a aquellos sujetos que con su lucidez y posibilidad de reflexión, pueden anticipar lo por venir. No lo hacen de modo oracular, ni como profetas mediadores con Dios, sino como testigos-intérpretes de la realidad. Principalmente, actúan en tiempos convulsionados en los cuales el sujeto está amenazado, por ello bregan para despertar las consciencias ante el oscurantismo que las adormila. Algunos de los avisadores del fuego europeo del siglo XX fueron: Walter Benjamín, Franz Kafka, Freud, entre muchos otros.

Freud fue un avisador al denunciar la imposibilidad de erradicar el malestar de la cultura, siempre circulante, y al describir la impotencia a la que sumen las ilusiones y falsas profecías. Al describir y analizar las fuerzas destructivas del ser humano y encontrar las motivaciones de las guerras, avanzó no solo en el conocimiento del hombre sino de las sociedades que, a veces, accionan como masa.

Hay momentos históricos en los cuales se dejan de percibir los signos, los indicios del totalitarismo en ciernes y de la arbitrariedad, por lo tanto, los hombres quedan sin defensas intelectuales y afectivas para contrarrestarlos.

Para muchos autores, como el filósofo español Reyes Mate ( La filosofía después del holocausto) entre ellos, las víctimas y las masas carecen de discurso y voz propios. La cultura de las masas es el discurso del poder dominante.

Como dijo Juan Goytisolo, periodista y escritor español, una verdad confesa no es más que un ocultamiento derrotado. A los avisadores les interesa el ocultamiento derrotado y por ello son capaces hasta de ofrecer sus vidas.

Entendemos por fuego a lo inhumano, no por no pertenecer a los hombres, sino justamente porque solo los seres humanos son capaces de crueldad.

Alguien puede ir a confesar sus crueldades al sacerdote para quedar absuelto. La confesión en el ámbito del secreto religioso, médico o psicológico, pueden estar al servicio de eludir la responsabilidad de confrontarse con, como calificó Primo Levi a lo sufrido por los judíos durante el régimen nazi, esa zona gris de inhumanidad, universalizable a todos los acontecimientos de lesa humanidad.

Para un filósofo de la talla de Derrida, la verdadera confesión es la confesión de lo inconfesable. ¿Cómo entender esta idea?

La confesión a la que alude Derrida, es la confesión de lo imperdonable, lo no expiable. Si se lo expía y con ello se banaliza la confesión, entonces se mata el pasado y se derrumba el futuro. No hay expiación para algunos crímenes tales como los genocidios. Los reclamos sociales de “nunca más” o de “no olvidar”, reclaman que la justicia no banalice la confesión ni la impunidad.

El perdón jurídico, moral y religioso son individuales; a nivel colectivo hace falta que no se niegue lo ocurrido para poder comenzar así, un plan de reconciliación. La reconciliación sin testimonio deja a la historia sin registro y sin posibilidad de nuevas estrategias, por ello los avisadores del fuego luchan contra el negacionismo de las verdades históricas.

Los avisadores rara vez son escuchados en su tiempo; más bien son silenciados por peligrosos. Por ello, para reconstruir la historia del dolor colectivo hacen falta los testimoniantes del fuego.

Si bien los testimonios no son clasificables, se pueden distinguir por sus efectos individuales y colectivos.

  1. En muchos casos los sobrevivientes a las masacres colectivas testimonian con su silencio. El mutismo es el testimonio de su dolor; dolor que se transmite a los hijos quienes quedan como testigos de un trauma sin elaboración.
  2. En segundo lugar, están aquellos que eliminados en el espacio concentracionario, testimonian –post mortem–. Así vemos en todo el mundo murales con las listas de desaparecidos en distintos actos de lesa humanidad. Esas listas exhibidas, sacan a las víctimas del anonimato y las vuelven inmortales.
  3. En tercer lugar, ubico a aquellos que, tras la tortura, la victimización y el horror, deciden testimoniar para las nuevas generaciones sea escribiendo, pintando, militando. Gracias a la labor de los investigadores estos testimonios pueden ser rescatados entre los escombros reales del olvido. Muchos libros escritos por los sobrevivientes no llegan a las librerías, pero ingresan a los museos. También están los “ilustres”, aquellos cuyo nombre y reconocimiento público les permite testimoniar sobre lo ocurrido y lo que ocurre.
  4. 4- En cuarto lugar, están los testimonios dibujados en pedazos de papel o simplemente garabateados de aquellos que, por ejemplo, en el campo de exterminio sabían su destino de muerte y por ello, para no quedar como NN, enterraban papelitos. Esos papelitos desterrados mucho tiempo después, se convirtieron en testimonio del deseo vital de continuidad. Escritos de puño y letra de los que iban a la muerte, representaban la lápida tallada por su propio autor. El papelito, ya era un testigo y testimonio anticipado cuando fue enterrado, pero adquiere el estatuto de documento a posteriori, cuando es desenterrado y reinstalado en la historia.
  5. Los ilustres. Grass, en su conferencia Escribir después de Auschwitz, que fuese luego publicada, expresó que de joven “fue mantenido preso del error y convertido en testigo” del holocausto, o sea, hay un tipo de testigo que es el que está preso y aprisionado afectiva e intelectualmente en alguna creencia o idea por lo cual no puede discernir lo bueno de lo malo. Es un testigo que no se entera de aquello que lo circunda porque lo niega o porque no lo entiende. Basta reconocer, en la historia de terror Argentina, las mayorías atónitas al descubrir los horrores silenciados durante las dictaduras, para atestiguar que el oscurantismo del poder, oscurece las consciencias de la opinión común.

Lo interesante del caso Grass, es que, en la conferencia antes citada, ya había hecho su confesión y sorprendentemente no fue tomada como tal. Este hecho se constituye en otro modo de testimonio, el testimonio adviene a este estatuto cuando la época puede recibirlo como tal. Hicieron falta algunas décadas para que Grass pudiese pasar de confeso a autor viviente decidido a dar testimonio.

Entre los ilustres podemos incluir a Semprún, Celan, Wiesel, y tantos otros en la historia del mundo, cuyas vidas estuvieron signadas por el impulso y el deseo de descubrir la verdad. Dentro de este ítem, debemos mencionar a todos aquellos investigadores de la historia, cuyos aportes dan a luz los secretos celosamente guardados por los fanáticos que creen en una historia “limpia” y niegan sus propias atrocidades.

Entre las innumerables formas de testimonio están los orales que se hacen en los juicios, para la prensa y los relatos familiares que se transmiten de generación en generación.

Tanto avisadores como testimoniantes, logran salir de la perplejidad ante la crueldad, y hacer oír su voz. La incredulidad en la crueldad agrava la crueldad del verdugo, la destrucción de la víctima, la censura histórica y el negacionismo.

En una época como la nuestra en que el engaño y la mentira se convirtieron en políticas públicas, el mundo zozobra. Algunos avisadores alertan sobre esto y otros ya dan testimonio.