Terceridad profanada

Por Lic. Juan Pinetta, Psicoanalista APA

Obviando decálogos sobre signos y síntomas de alerta y formas de prevención, existe un aspecto que debe objetivarse para ponderar la vital importancia del daño psíquico que producen el abuso sexual infantil e incesto: la pérdida de autonomía y libertad del sujeto. 

En el instante del abuso, el psiquismo inscribe una marca indeleble. Imágenes y sensaciones intrusivas, afectivas y efectivas, que no podrán ser conjuradas totalmente, condicionan la existencia y el desarrollo de la relación libidinal del sujeto consigo y con los otros, según revela la clínica cotidiana, a esa fijación traumática.

Algo ha sido incinerado por el instigador/abusador: la etapa de la inocencia. En psicoanálisis se trata de la presunta inocencia de las consecuencias edípicas, que en la normalidad se van cimentando a modo de límites, progresiva y paulatinamente, con vistas a una exogamia, donde los límites psíquicos y corporales quedaron establecidos claramente, en un marco de cuidado, posibilitando el intercambio advertido con los otros.

Apelando a la cuestión religiosa, las Tablas prohíben el incesto. Bien, en el abuso sexual infantil, el incesto es producto del encuentro con el objeto prohibido, participando víctima y victimario. La condena a la vergüenza y al silencio es otra de las consecuencias, deviniendo la víctima cómplice necesario. Sucede algo parecido con la ley jurídica, funciona ex post, no ex ante; y en forma perversa.

Estas consecuencias no se avisan de antemano; el niño las conoce y tiene efectos tras el abuso. Y debe guardar silencio. Si denuncia, quedará expuesto, no sólo a la vergüenza, sino al escarnio y a nuevos abusos por renegaciones del entorno familiar/institucional. Si supera esa instancia, la institucionalización hará otro tanto, quizás en un nivel menor.

El sello del abuso se filtra  in aeternum, a modo de cuerpo extraño, e influye en la capacidad de elección del tipo de relaciones libidinales, que involucran desde lo tierno (como las relaciones fraternas) hasta lo estrictamente sexual (donde el deseo interviene en plenitud), con graves perjuicios en el escenario del cuerpo.

Cabe aclarar que la cuestión de la elección perturbada, lo es en relación a las posibilidades que se van produciendo en la pre-determinación de la sexuación del niño durante su evolución. En el abuso, no podría hablar de pre-determinación, sino de una determinación forzosa por exceso traumático.

Independientemente de una posible elaboración terapéutica, la elección de objeto y la posición del sujeto quedará signada por los desbordes de la historia infantil, con diversas consecuencias en la adultez, como en la determinación de la orientación sexual o en la ciega repetición activa.

No sólo se vulnera el derecho a elegir, también la disposición de la verdad y de la historia infantil: no es compartible, transmisible, ni soportable para los otros. Reduce el campo de desarrollo de relaciones auténticas de la víctima. No forma parte de las anécdotas tipo: “Un día quemé la cortina del comedor y mamá me pegó flor de cachetada”.

Es un excluido desde la percepción subjetiva de sí mismo, condenado a un silencio en tensión, no exento de furia impotente y –en muchos casos- cierta sensación de culpabilidad por haber incitado al abusador: ¡es cierto!, pudo haber demanda, pero de afecto, no de abuso.

Así, las estadísticas se vuelven poco fiables. Muchas ONG refieren un 20% de mujeres y un 10% de hombres víctimas de abuso directo, pero el consultorio va llenándose de frases como “es la primera vez que lo cuento”.

Retomando el hilo, cuando quienes detentan el lugar de cuidado, propio o delegado, abusan de la confianza abierta y receptiva del niño hacia ese otro protector, se pervierte dicha parentalidad, que no desaparece en sí, pero queda demolida la función materna/paterna (función límite a mi entender): los diques fueron trasvasados, la confusión entre aguas producida y el niño devenido huérfano.

En términos axiomáticos, cuando falta el maternaje/paternaje, fallan los agentes limitantes del desborde pulsional, permitiendo el abuso sexual infantil. La “libertad para obrar” queda encuadrada dentro de los diques que los padres, en términos genéricos, instalan para evitar desbordes. Si no hay abuso, entonces se genera un espacio de creación y exploración para el niño, de libertad de elección.

Ampliando el campo, tal vez el incesto entre hermanos de la misma edad no tenga el mismo impacto, pero no deja de ser parte de la falta de cuidado o de la instigación parental, aunque el costo psíquico tampoco es menor.

La función límite limita no sólo las pulsiones: da un contorno claro a los cuerpos de los niños, al existente, produciendo en su sola práctica terceridad, separación, procura el empuje a la decisión autónoma, el reconocimiento de un otro, y con ello el refreno transformativo de las pulsiones, en última instancia de la acción directa.

En el documental “Se alumbra la vida”, si bien muestra un desenlace que podría llamarse positivo, no lo fue sin el atravesamiento por nuevas situaciones traumáticas, la institucionalización aislada previa a una salida feliz.

En esta línea, hay ciertos avances legislativos a niveles punitivo y preventivo, como la ley aprobada en 2013, que incorpora al Código Penal la “utilización de medios electrónicos para perturbar moral y/o psicológicamente a menores con el fin de someterlos sexualmente”, pero el Estado muchas veces traumatiza al demorar o tergiversar la aplicación de leyes.
Sin sentar posición ni apuntar a casos concretos, porque hay varios, sucede que niñas vejadas sufren la negativa de los médicos y de la Justicia a realizarse abortos in-límine autorizados por la legislación, obligándolas a ejercer una maternidad forzada, o tener un hijo para su entrega en adopción, con los sufrimientos psíquicos profundos y desenlaces fatales que implican estos casos extremos.

El abuso sexual infantil produce excesos y desvíos en las sobredeterminaciones de género, identidad, placer y goce esperables en el contexto de una cierta normalidad en la evolución infantil. Pero el Estado, que oficia de garante de los derechos del niño, puede en su tutelaje re traumatizar a las víctimas si toma posiciones abandónica, o puede generar un espacio para la reparación.